Gracias al portal peronista Puerta de Hierro, les traemos la conferencia pronunciada en Buenos Aires con motivo del Día de la Hispanidad -en audio y transcrita- a cargo de Héctor Osvaldo Pérez Vázquez, Representante de Falange Española de las J.O.N.S. en Buenos Aires, en colaboración con la asociación Jóvenes Revisionistas sobre "LA HISPANIDAD Y LOS HISPANOS EN EL PENSAMIENTO VIGENTE DE RAMIRO DE MAEZTU Y DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA".
LA HISPANIDAD Y LOS HISPANOS EN EL PENSAMIENTO VIGENTE
DE RAMIRO DE MAEZTU Y DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
Exposición
a cargo del Delegado por Buenos Aires de Falange Española de las JONS
en la fecha en que se celebran el Descubrimiento de América y la Fiesta
de la Hispanidad.
"Dios nuestro Señor, que es único y eterno,
creó el cielo y la tierra, y un hombre y una mujer, de los cuales todos
descendemos, vosotros, yo y todos los hombres que han sido y serán en
el mundo". (Alonso de Ojeda, navegante y conquistador español del
Caribe, en su famosa alocución a los aborígenes bajo su gobierno, en
1509).
Temario
I.
La presencia en este acto de la Falange Española de las JONS
Cristóbal Colón, el Descubridor
El equivocado nombre de América
II.
La significación del Descubrimiento de América
La “leyenda negra” urdida contra España
La globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan
III.
Qué es la Hispanidad
Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad.
-Miguel de Unamuno y Jugo, el paradojal
-Los portugueses (Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos)
-Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad
-Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor (y profundizador) de la Hispanidad
-Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor
-Manuel García Morente, el ¿romántico? y augur de la Hispanidad
-José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España.
El apellido de España es: “Hispanidad”.
(Texto leído; los subtítulos entre paréntesis no fueron pronunciados).
Estimados compatriotas, amigas y amigos, señoras y señores.
I
(La presencia en este acto de la Falange Española de las JONS)
He
sido convocado por los amigos organizadores de este encuentro, al
cumplirse un nuevo año de una de las más grandes efemérides de la
Humanidad, el llamado Descubrimiento de América, y celebrarse con tal
motivo el llamado Día de la Hispanidad (antes denominado inciertamente,
el Día de la Raza).
Participo de esta amable reunión en mi carácter
de delegado en esta Ciudad de Buenos Aires de la Falange Española de
las JONS, para que, en su representación, exprese nuestra opinión en
torno al concepto de la Hispanidad, en particular referido a dos de sus
más grandes figuras: José Antonio Primo de Rivera, padre fundador, y
don Ramiro de Maeztu Whitney, el más insigne luchador en procura de la
reconstitución hispana. (Ambos fueron mártires de la patria, porque
perecieron asesinados por el furor bestial de los salvajes matones de
la masonería y el comunismo, amaestrados y armados en las logias y en
las chekas para matar a cuantos más pudiesen de entre quienes se les
oponían, es decir, la inmensa mayoría del pueblo español).
Me
acompaña mi camarada Santiago Álvarez, de esta Ciudad. Ambos somos
argentinos nativos y ciudadanos de la Argentina y de España.
La
presencia de la Falange Española en este acto no tiene un carácter de
proselitismo partidario, sino que obedece al hecho de que, entre todos
los partidos políticos españoles legalmente constituidos, solamente la
Falange sostiene, tanto en sus postulados fundacionales cuanto en su
accionar público desde hace más de setenta años, el imperativo
irrenunciable –político– y categórico –moral– de trabajar por la unión
y hermandad de todos los pueblos hispanos, para establecer una alianza
estratégica que nos dé la fortaleza de un bloque de naciones que nos
permita negociar y tratar en pie de igualdad con otros bloques
existentes. Es parte de su cometido e integra su tarea cotidiana. Por
eso estamos acá.
(Cristóbal Colón, el Descubridor)
La figura
central de esta efemérides sagrada tiene que ser, sin duda alguna, la
memoria inmarcesible del Gran Almirante Cristóbal Colón.
En torno
del linaje y ascendencia del ilustre marino se ha mantenido hasta el
presente una inexplicable controversia, por la que lo reclaman como uno
de los suyos desde varias nacionalidades europeas hasta diversas
regiones españolas. Pero lo que a todos los españoles y, en particular,
a nosotros los hispanoamericanos, debe solamente importar es que el
propio Colón eligió sin dudas ser español; como tal vivió y trabajó, y
su descendencia que llega hasta nuestros días constituye una insigne
familia española de distinguida prosapia.
Vale tener presente que
ese año del Descubrimiento, 1492, fue el más grande año de España.
Porque pocos meses antes del primer viaje de Colón, los maravillosos
monarcas que fueron Fernando V de Aragón y II de Castilla e Isabel I de
Castilla llamada La Católica habían completado y dado fin a la
victoriosa Guerra de la Reconquista Española, y unificado bajo su cetro
compartido en virtual diarquía todos los reinos peninsulares, con lo
que se dio origen al proceso de formación de España como Estado-nación
independiente y soberano, el primero de todos en el mundo. Y poco
después, gracias precisamente a Colón en primer término, y luego a
quienes continuaron su obra con la evangelización y el desarrollo de
las Américas, quedó fundado el benéfico Imperio Español, fundamento de
la Hispanidad.
(El equivocado nombre de América)
Un punto
aparte merece considerar la causa por la que este continente recibió el
nombre de un cartógrafo florentino en lugar de serle conferido el de
quien, con su viaje minuciosamente planeado arribó a las costas
caribeñas y con este acto primordial trajo la civilización europea y el
cristianismo a varios millones de hombres.
Se dice en los libros de
historia para uso de escolares, pero también en tratados de mayor
enjundia, así como en todos los diccionarios enciclopédicos del mundo,
que el nombre de América deriva del nombre Américus o Amèrigo Vespucci
o Vesputio o Vespucio, un florentino que fue representante en España de
la casa bancaria de los Médici, y que luego –a causa de sus deudas y
acosado por sus acreedores– se embarcó en algunos viajes al nuevo
continente fletados por comerciantes y funcionarios españoles. Lo que
si bien no es mentira, tampoco es verdad porque no puede ser verdad lo
que induce confusión y postula ser aclarado.
Yo quiero mostrar
cómo el señor Vespucci se atribuyó méritos que no le correspondían y
por tal causa es que nuestro continente lleva su nombre, pero también
cómo, no obstante, él no tuvo la intención de que tal cosa sucediera.
Había
este hombre tenido contacto personal con Cristóbal Colón en Sevilla,
entre los años de 1496 y 1498, y por eso sabía muchas cosas de las
tierras por entonces denominadas “de Indias”. De sus viajes, en que se
desempeñó como piloto y piloto mayor (y por entonces, los pilotos y
capitanes de barcos oficiaban también de cartógrafos), comunicaba por
medio de largas misivas a sus mandantes florentinos lo que iba viendo y
aprendiendo (con relatos que en varias oportunidades debieron ser
elididos de sus textos publicados por ser consideradas un tanto
demasiado procaces para la época).
En aquellas cartas, el
florentino iba agregando cada vez con mayor audacia, detalles a veces
sólo imaginados por él, o relatando los sucesos con un cariz que lo
beneficiaba personalmente. Por último, se atrevió a atribuirse el
descubrimiento de un “Nuevo Mundo”, expresión ésta que él ciertamente
acuñó, pero para enaltecer su presumida hazaña. Véase en qué términos
se expresaba el audaz aventurero, en carta a su jefe Laurent de Médici
y a Pietro Soderini, Gran Confaloniero (o sea, presidente) de la
república veneciana:
"Ninguno de nuestros ancestros tuvo
conocimiento de estas tierras. Creían que al sur del Ecuador no había
tierra firme, sino sólo infinito mar. Pero mi viaje ha comprobado que
esta creencia es falsa. Al sur del Ecuador encontré un continente, que
en algunos valles se encuentra más poblado de hombres y animales que
Europa, Asia o África. Además posee un clima más agradable y suave que
otras partes del mundo. Se lo puede llamar con toda tranquilidad [un]
´Nuevo Mundo´".
Desde luego, en ninguno de sus escritos menciona a
Colón (ni a la empresa de Colón) como descubridores, pero él se
atribuye haber descubierto un Nuevo Mundo.
Dado que durante sus
viajes había empezado a arraigar en el lenguaje especial de los marinos
de la época, en particular quienes habían introducido el neologismo,
que fueron los tripulantes del cuarto y último viaje de Colón, los
vocablos “amérric” y “amerricar” para referirse, respectivamente, el
primero a las zonas en que abundaban los arribos de personas que iban
por afán de aventura o, principalmente, en busca de trabajo, y el
segundo al trabajo mismo en esa zona, Vespucci se cambió su nombre de
pila, que era Alberigo (en italiano) o Albericus (en latín) por el de
Amèrigo o Américus (queriendo con ello significar que él era uno de los
frecuentes viajeros por esas costas del nuevo continente).
En cuanto
a “Amérric”, parece ser el nombre que le daba al lugar una de las
muchas tribus de aborígenes asentadas en esa zona de gran tráfico de
viajes marinos, y del cual hay dos versiones: una referida al país en
sí y otra según la cual sería el nombre aborigen de una cordillera.
Nicaragua y Guatemala se disputan, en consecuencia, ser los países de
cuya topografía habría surgido indirectamente el nombre del nuevo
continente. (Noten ustedes que los anglosajones no pronuncian
“América”, sino justamente: “Amérrica”).
Consta perfectamente a los
estudiosos que el nombre italiano Amèrigo, en castellano Américo y en
latín, la lingua franca de la época, Américus, no existía y que fue
simplemente un apodo o sobrenombre que había adoptado Alberico
Vespucio. Pese a tal conocimiento, eso es algo de lo que entre los
extranjeros no se dice ni se escribe jamás, y que los propios
españoles, indiferentes, raramente discuten sobre el tema.
Aquella
circunstancia de la toma del apodo por Alberico fue decisiva para el
equívoco, pues aleatoriamente llegó a manos de un monje alemán
friburgués, cosmógrafo de profesión, que oficiaba de impresor y se
llamaba Martín Walseemüller, la carta de Vespucci en que anunciaba
solapadamente haber descubierto un nuevo mundo. El impresor, que
residía en la pequeña localidad lorenesa de Saint Dié tenía por
entonces, año 1507, el encargo del canónigo e impresor Gualterio (o
Walter) Lund, de imprimir la obra geográfica de Ptolomeo. Ptolomeo fue
un geógrafo, cartógrafo, matemático y músico greco-egipcio que vivió
entre los años 70 y 150 de nuestra era. Dibujó un mapa de todo el mundo
según era conocido por entonces, que él llamó el Mapa Mundi. Y este
mapa –en el que, lógicamente, sólo figuraban los tres continentes
conocidos, Europa, África y Asia– fue reproducido en primer término por
el tallista alemán Johannes von Armshein en 1482, que lo hizo imprimir
con el nombre de Geographicae enarrationis de Ptolomeo (o Relato
Gráfico de Ptolomeo). (Conviene recordar que la imprenta de Gutenberg
había producido su primera impresión de la Sagrada Biblia apenas un
cuarto de siglo antes). El anteriormente citado Walseemüller, que era
lo que hoy denominaríamos un plagiador o un “editor pirata”, copió la
edición de Armshein e, inflamado de admiración, le agregó lo que él
llamó “la cuarta parte del mundo hasta hoy desconocida” en alusión a un
cuarto continente recién descubierto. (Dado que la India queda en el
por entonces ya muy conocido continente asiático, resta preguntarnos
cómo podría ser que Colón creyese haber llegado a aquel país mientras
sus contemporáneos hablaban francamente de un nuevo continente).
El
mapa de este cuarto continente, es decir, de nuestra América, no era
sino el trazado de Vespucio, en el cual se ve un territorio para nada
semejante al que hoy conocemos, pues parece tener más bien el contorno
de un bumerán australiano, pero dentro del cual se lee claramente la
palabra “América”. Sin embargo, no fue Vespucci quien creó esta palabra
ni fue a él a quien se le ocurrió dar ese nombre a nuestro continente.
El
inventor de esta palabra fue el poeta Jean Bazin, quien había traducido
del francés al latín aquella carta de Vespucci a sus jefes florentinos,
que éste había titulado “Quátuor Navigationis” (es decir, Cuatro Viajes
en Barco, tal como los cuatro proverbiales trayectos colombinos).
Bazin
la reprodujo con el título de Cosmographiae Introductio (o Introducción
a la Cosmografía –que es la disciplina también conocida como Geografía
Descriptiva). En aquella traducción, Bazin interpretó la voz “amérrica”
como “América” y así lo anotó en el mapa de Vespucci, ignorando que
éste había tomado para sí el seudónimo de “Américo”.
Por su parte
el impresor Walseemüller, (que tampoco sabía que se trataba de un apodo
–para entonces ya más bien un seudónimo, porque Vespucci, –en este
caso, realmente inocente de toda manipulación– literalmente había
cambiado su nombre de pila por este otro de Américo) hizo su
interpretación entendiendo que el sedicente descubridor quería dar su
nombre al territorio descubierto, y lo explica con estas palabras:
"Mas
ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas y otra
cuarta parte ha sido descubierta por Amèrigo Vesputio, no veo razón
para que no la llamemos América; es decir, la tierra de Américus, por
Américo, su descubridor".
Y para culminar el entusiasmo que le
producía el publicar a un autor tan distinguido, dibujó y colocó dentro
de la misma obra las efigies impresas de Ptolomeo y de Vespucio (ambas
apócrifas, por supuesto, ya que del primero no existe retrato verdadero
y al segundo no lo conocía en persona).
Como la obra de Ptolomeo,
que eran ocho tomos titulados “Geografía”, en la que estaba incluido el
famoso Mapa Mundi era muy requerida y se vendían miles de ejemplares en
el mundo europeo con varias ediciones, la noticia se divulgó bastante.
Posteriormente
apareció la Crónica de Cristóbal Colón (que, dicho sea de paso, había
fallecido en 1506 y en el más completo anonimato) donde refería su
descubrimiento, y sólo entonces los académicos de la época empezaron a
comprender el equívoco. Incluso el propio Walseemüller llegó a
comprender que todo había sido un error (y conste que Vespucci no había
tomado parte en él) y en una segunda edición lo corrigió dando amplias
explicaciones y disculpas a sus lectores.
Pero nadie, dentro o fuera
de España, se preocupó poco ni mucho por el asunto (que, por otra parte
había sido un equívoco muy corriente en la época) y nadie tuvo la
ocurrencia de llamar al nuevo continente con el nombre de Colombia, lo
cual hubiera sido un poco más justo. El debido homenaje al Gran
Almirante lo debieron efectuar los fundadores de la república
sudamericana que lleva ese honroso nombre, y los norteamericanos, que
llaman a la ciudad capital de su país, Wáshington, con el agregado
administrativo de “Distrito de Columbia”.
Colón, por su parte, en la obra recién citada proponía llamar al nuevo continente con el nombre de… Brasil.
II
(La significación del Descubrimiento de América)
Cuando,
por las causas diversas que generalmente se enumeran, las naves
comandadas por Cristóbal Colón llegaron a las costas de nuestro
continente, un hito histórico de la humanidad se levantó para siempre.
El ingreso a la civilización europea medieval de un tan vasto
territorio poblado y henchido de tan grandes riquezas naturales,
comportó un significativo alivio para la claudicante economía de esa
reunión de naciones en formación, núcleo fundante de nuestra
civilización occidental. Mediante la incorporación de América al nervio
de la Historia Universal, España no solamente que integró a la
cristiandad una gran cantidad de gentes, cuyos descendientes
constituimos hoy el mayor reservorio humano de la catolicidad, sino que
contribuyó más que significativamente al desarrollo científico y
técnico que desembocó en lo que se conoce como la Primera Revolución
Industrial. Ese gran concurso de descubrimientos e invenciones, que
permitieron a los europeos pegar el gran salto que los instituyó a la
cabeza de la humanidad, y fundar una nueva civilización capaz de
atreverse a pensar en viajar a las estrellas, no hubiera tenido lugar
tan tempranamente en la historia de no haber intervenido en los
acontecimientos España con su arribo a América. De una forma no
demasiado académica o rigurosa, podríamos decir que si hoy tenemos a
nuestra disposición, a costos relativamente accesibles, computadoras y
celulares, electricidad para que funcionen y para iluminarnos,
transportes veloces y económicos, medicina avanzada para curar las más
graves enfermedades, y tantísimos otros adelantos capaces de extender
nuestro período de vida y proporcionarle mayor calidad, todo eso se
debe, en parte principal, a la temprana aventura española de América.
De otro modo, muy probablemente aún no hubiésemos arribado al estadio
actual de esta nueva edad del conocimiento.
Cuando Europa
languidecía entre guerras tribales y un insinuado retorno a la
barbarie, el extraordinario e inmenso aporte de moneda metálica que
provocó la explotación de las riquezas americanas constituyó una
inyección, tan oportuna cuanto milagrosa, de nuevas oportunidades para
reiniciar y continuar logrados emprendimientos que desembocaron en un
avance inédito del saber humano y de sus aplicaciones. Y fuimos
nosotros, los americanos, quienes en unión con España lo hicimos
posible.
Así de significativo resulta ese señalado suceso que hoy evocamos, a más de medio milenio de haber acontecido.
Es
pues, esta fecha del doce de octubre, motivo de legítimo orgullo para
todos nosotros; y no empañará su celebración, ni hoy ni nunca, el
vocerío fastidioso de esos personajes poco apreciables que se enroscan
en los cenáculos sospechosos del “indigenismo”, para reivindicar no se
sabe qué logros ni qué bondades de antiguas culturas aborígenes
probadamente sanguinarias y retrasadas.
Ayer, estos mismos sujetos
se pavoneaban impía e inexplicablemente orgullosos de decirse a sí
mismos marxistas leninistas –con olvido vicioso de los millonarios
homicidios cometidos por esa sangrienta facción, impulsada y alentada
en las sombras por el supuesto enemigo suyo pero real enemigo nuestro,
que es el siempre actuante imperialismo anglosajón. Hoy, pudorosamente
encubiertos en la vergonzante denominación de “progresistas”, tras cuya
etiqueta con que solamente los más supinos ignaros pueden simpatizar
bregan, como siempre, por el progreso. Sí, por el progreso de todos los
males que laceran el cuerpo dolorido de la humanidad, carne y sangre
nuestra, de nuestra única raza que es la raza humana.
Permítanme los
amables circunstantes hacer aquí un relato que podría ser útil, porque
no es muy frecuente que se mencione en actos de celebración como el
presente, el bárbaro atraso cultural de algunas de las naciones
indígenas de mayor enjundia a tenor de los historiadores, ya que la
sola mención sería en sí misma un acto políticamente incorrecto. (Pero
es que los falangistas, según nos dicen, solemos ser políticamente muy
incorrectos).
Es sabido que, lamentablemente, no se conservan la
mayoría de los documentos que podrían mejor iluminar las circunstancias
de aquellas culturas aborígenes, particularmente las que se señalan
como más significativas, como las de mayas y aztecas en Norte y
Centroamérica, y de los Incas sudamericanos (de quienes se conserva,
empero, una mayor cantidad de testimonios). En parte, aquella falta de
vestigios se debe al celo de los sacerdotes misioneros españoles. Hoy,
resulta fácil al enemigo socialista y al extranjero envidioso señalar
con un dedo poco limpio a aquellos infatigables y heroicos curitas que
se metían en los lugares más peligrosos, expuestos al ataque de las
fieras y de las personas, para llevar el Evangelio; pero hay que tener
en cuenta la época en que vivían y sumar a esa circunstancia, el horror
que los embargaba, como gente civilizada que eran, por los crímenes que
presenciaban cotidianamente. Los mismos soldados españoles, que no eran
niños de pecho sino hombres rudos y fogueados en las varias guerras en
que habían combatido, se persignaban y encomendaban a Dios al ser
testigos de las salvajadas que aquellas gentes casi primitivas cometían
a diario, como parte necesaria de su vida social y política. Les
pareció, entonces, que era como contribuir a esa ordalía y
sacralización del rito de sangre el dejar en pie los monumentos y
testimonios gráficos (que no eran escritos, porque aquellas naciones ni
conocían la escritura) con los que los sacerdotes paganos pretendían
justificar tanta maldad.
Sin embargo, algunos testimonios
irrecusables quedaron. Poca gente sabe que entre los menguados
vestigios que se conservan de aquellas culturas, a excepción de las
ruinas, por supuesto, hay quince códices o libros, por así llamarlos,
que contienen en forma de ilustraciones alusivas en varios colores,
relatos de los hechos y costumbres de aquellas gentes. En uno de estos
repositorios se describe cómo se desarrolló una matanza ritual
multitudinaria en el año del Señor de 1479 (una década y poco más,
antes del arribo de los españoles). Relatan por medio de símbolos
gráficos, porque los aztecas no conocían la escritura, que para la gran
matanza de ese año ritual o “Año del Fuego Nuevo” se reunieron en su
capital Tenochtitlán (que ha quedado hoy como una parte de la extensa
Ciudad de México) una multitud de prisioneros tomados a tribus vecinas
tras haber invadido sus territorios y haber matado a mansalva a la
mayoría de sus pobladores. Sumaban los cautivos unos varios miles,
todos varones. Las cifras no se dan en estos documentos, sino en los
varios relatos publicados por soldados españoles que recogieron de los
aborígenes la historia; por eso, se habla desde veinte mil personas
hasta la cifra improbable de ochenta mil cuatrocientos. Quizá el número
de veinte mil se aproxime más a la verdad, aunque a juicio de los
estudiosos aún sería demasiado. A aquellos infelices, cuantos ellos
fueran, se los obligó a ordenarse en filas de a cuatro, formando una
apretada columna de más de mil metros de largo hasta llegar al “altar
de los sacrificios”. La fila iba avanzando incluso para subir los 114
peldaños de la pirámide en cuya cúspide se encontraban los “sacerdotes”
del culto a Huitzilopochtli (es decir, el sol). Es que los aztecas se
consideraban "el pueblo del Sol" y, en tal carácter, su deber consistía
en hacer la guerra cósmica para dar al Sol su alimento (los corazones
sangrantes de las víctimas) y el líquido que saciara su enorme sed (que
era la sangre de aquellos desgraciados). Entendían aquellos brutales
sujetos que el bienestar y la supervivencia misma del universo dependía
de las ofrendas de sangre y de corazones que ellos le hacían al Sol.
Así, en la recordada ocasión se dedicaron a matar sin descanso durante
cuatro días enteros. Las víctimas, que permanecían dóciles porque
previamente habían sido embriagadas con pulque y una mezcla de hierbas
narcóticas, eran obligadas a acostarse en una piedra plana, que
oficiaba de ara o mesa de los sacrificios y eran de inmediato sujetada
por seis individuos de gran fuerza muscular. El oficiante, con una
pericia emergente de su larga práctica clavaba el puñal de obsidiana,
una piedra muy afilada, en el pecho del ajusticiado y con rápidos
movimientos le extraía el corazón aún palpitante, que alzaba en sus
manos para mostrarlo a la ululante multitud. Luego, le cortaba la
cabeza que arrojaba a un enorme recipiente, aunque otros dicen que la
mandaban rodando escalera abajo para regalo del populacho, que la
recogía para jugar a embocar la pelota con ella durante un juego que
era como una especie de básquetbol local. Los restos parece ser que
eran desollados y enterrados bajo el piso en los diecinueve templos de
aquella cultura, como reliquias de la ofrenda sagrada al sangriento
dios sol. En cuanto a los corazones así extraídos, dicen algunos que
luego se los comían los sacerdotes, aunque según otros, se los darían a
comer a los guerreros “águila”, que constituían la élite militar del
imperio.
Ése es tan solo un ejemplo.
Pero dejemos esto, porque
es un tema muy ingrato, incluso si tratándolo podemos justificar el
celo de los curitas misioneros del siglo XVI. Pero permítaseme expresar
a título personal y a modo de clausura de esta digresión, que aunque
más no fuera para salvar de tan siniestro destino a cientos de miles de
personas, aborígenes americanos víctimas de aquel incivilizado
fanatismo, la presencia española en nuestra América quedaría plena y
satisfactoriamente justificada.
(La “leyenda negra” urdida contra España)
Otro
asunto conexo con el anterior, es el de aquella parte de la llamada
“Leyenda Negra de España”. Ésta es un conjunto de relatos que pretenden
estigmatizar a los españoles como un pueblo genocida y explotador, y
que no es obra sino del común enemigo de todos los pueblos de la
tierra, que es el colonialismo anglofrancés con la colaboración de sus
aliados y mercenarios.
Sin entrar a detallar la innumerable nómina
de infundios pergeñados por los citados imperialistas y que más tarde
adoptaron los marxistas fracasados (muchos de los cuales aún no se han
enterado de que el marxismo fracasó), me basta a mí, por el momento,
con desbaratar tan sólo uno: el del improbado genocidio de los
aborígenes americanos por parte de los españoles –que otra cosa es el
sí probado genocidio que cometieron los anglosajones con los pobres
aborígenes del norte de América que tuvieron la enorme desgracia de
caer bajo su férula voraz y cruel.
Se barajan, en primer término,
cifras impresionantes que harían de América una parte numéricamente
importante de la humanidad; pero lo cierto es que estas tierras estaban
poco más que inhabitadas a la llegada de los europeos.
No importa.
Dejemos que afirmen que había aquí no sé cuantas decenas de millones de
personas, aunque es innegable que sólo una fracción de ellas habitaba
la parte del continente colonizada por los hispanos. Pero lo cierto y
probado es que los hispanoamericanos sumamos hoy bastante más de
trescientos cincuenta millones, monto que me parece incompleto.
Esta
cifra, partiendo de los cálculos más confiables de algunos demógrafos
respecto de la cantidad de habitantes originales, muestra que hubo un
continuo aunque moderado ascenso de la población autóctona a través de
estos cinco siglos. Y sin embargo, hay en nuestros días muy pocos
aborígenes puros. ¿Querrá esto significar que no están porque los
españoles los mataron? Muy por el contrario: ellos están presentes en
la extensa descendencia actual de hijos de parejas interraciales. Los
españoles se casaron con los aborígenes (en mucha mayor proporción los
varones españoles con las mujeres indígenas) y su abultada descendencia
hoy puebla orgullosamente las naciones hispanoamericanas aunque también
se asientan en tierras africanas y asiáticas.
Desaparecieron las
etnias puramente aborígenes, es cierto, pero para dar lugar a una gran
nación de criollos. Por eso, escupen al cielo aquellos americanos que
despotrican contra los españoles, porque están vituperando su propia
sangre. Bueno será que tengan en cuenta, los que sepan pensar, que sin
los españoles no estarían ellos hoy presentes. Sin los españoles, ni
siquiera hubieran nacido.
Hoy está en boga el criterio de lo
“multicultural”, dentro del propósito de imponer el famoso “pluralismo”
con el objeto de igualar en rango a todas las ideas y a todas las
conductas, sin que se pueda discriminar las buenas de las malas y de
las peores. Se pretende con aquel concepto imponer universalmente la
convicción de que todas las culturas son igualmente aceptables y
respetables, sin que se pueda afirmar la excelencia de ninguna, la
superioridad de ninguna. Ahora, nosotros aquí creo que podemos dar fe,
sin discusión, de la falsedad y perversidad de esta idea. ¿Se
necesitará, acaso, llegar a oponer nuestra cultura hispánica contra la
de los aborígenes antropófagos, sanguinarios e iletrados –los griegos
dirían simplemente: bárbaros– con que nuestros ancestros españoles se
toparon a su arribo a este continente, para tener que demostrar que
ambas culturas no son iguales en calidad humana? ¡Vamos, che! ¡Basta de
embrollar, señores, y hablen alguna vez en serio!
Pero sobre los
detalles más minuciosos que encierra este tema tan delicado que es el
de la “leyenda negra”, después nos va a ilustrar nuestro compatriota y
amigo don Federico Addisi, por lo que a su reconocida idoneidad y
profundo conocimiento de la materia nos remitimos.
(La globalización o mundialización y las oportunidades que se nos brindan)
Los
hispanos somos todos cuantos descendemos de la cultura española,
cualesquiera fueren nuestra raza, nuestro linaje, nuestra piel o
nuestra lengua local. Somos, por tanto, una gran nación del espíritu; y
somos más si incluimos, como corresponde, a los lusos, que son los
descendientes por la sangre y/o por el espíritu de aquella otra gran
madre de naciones que fue el Portugal.
Como nación que somos,
queremos tratarnos fraternalmente. Ello es posible de muchos modos,
pero en mi particular apreciación, apunta a darse una perspectiva
nueva, que quizá nos permita más adelante llegar a lo que toda nación
–tanto de la sangre como del espíritu– anhela y que es la unificación.
Juntos, podríamos concretar una histórica Unión Iberoamericana de
Naciones. Por el momento, aunque contamos con los elementos
indispensables para procurarla, debemos hacer lo posible para
resguardarlos de las manos predadoras de los colonialistas y los
imperialistas. Ellos ya tratan de impedirla interponiendo subterfugios,
como el tratado del NAFTA, con los que quieren interferir en todo
posible acuerdo nuestro común imponiéndonos a cambio sus leoninas
condiciones para concretar finalmente sus sospechosos negocios.
Sucede
que en el mundo de hoy se está como gestando un grande y misterioso
movimiento que procura, como su nombre lo indica, una llamada
globalización. Éste, no es sino el nombre que se le da a un proceso que
se inició como una taimada iniciativa de los anglonorteamericanos,
pergeñada antes incluso de la Segunda Guerra Mundial. Su finalidad era
aprovechar aquel enfrentamiento ya inevitable, para después de
finalizado, llevar sus negocios a Europa y al Lejano Oriente e
imponerlos en forma prácticamente monopólica. Así lo hicieron, y con
ello lograron lentificar y hasta detener el crecimiento científico,
económico y demográfico del continente europeo, para luego volver sus
ingentes recursos para dominar enteramente a nuestra América. “América
para los americanos” había pronunciado Monroe al enunciar su famosa
doctrina, queriendo encubiertamente significar: “Toda América, para los
plutócratas norteamericanos”.
Por ejemplo, a ese propósito de
hacer cuantiosos y jugosos negocios aprovechándose vilmente de la
destrucción de la guerra, obedeció aquella estrategia ruin de los
británicos que se llamó el “bombing”. Tal iniciativa consistía en
aprovechar el retroceso alemán durante la guerra para bombardear
inhumanamente poblaciones germanas “abiertas” (esto es, desarmadas),
matando solamente en Dresde y en un par de días, a 300.000 civiles
inocentes. Poco después de finalizada la contienda, las empresas
edificadoras y de ingeniería civil de los norteamericanos y de los
ingleses aparecieron concediendo abundantes créditos para levantar de
nuevo esas ciudades.
Es lo mismo que están haciendo ahora en Irak…
Es
claro que este mundialismo, aunque resulta ser una iniciativa del
enemigo para manejar el mundo, se vio favorecido e incrementado por el
enorme adelanto de las técnicas de comunicación y de cálculo, sin pasar
a contabilizar otros concomitantes. La concentración de capitales
financieros (que son una fabulosa estafa, porque los verdaderos
capitales son los medios de producción y no los papeles de negocios)
les fue permitiendo allegar cerebros brillantes en todas las
disciplinas científicas y del pensamiento, para ser empleados en sus
planes de dominación. Les pagan con billetes de banco, que es papel
pintado cuyas prensas tienen a su entera disposición; y a cambio de tan
barata retribución consiguen los mejores esfuerzos de millones de
científicos y trabajadores técnicos provenientes de todos los rincones
de la Tierra. Formaron enormes ejércitos con el armamento más
destructivo posible, incluso aquél de índole nuclear y aquel otro de
índole bacteriológica, y con tantos pertrechos creen tener ya al mundo
entero en su puño.
Pero eso está por verse, y yo aliento la
esperanza de que nunca se verá. Entre los muchísimos obstáculos que se
les interponen, uno de ellos y no el menos relevante, somos nosotros,
los hispanos. Nos podrán vender una buena parte de sus excedentes,
especialmente de tipo cultural; podrán meternos por la fuerza, vía
obligaciones de la deuda externa (o eterna), incluso una extensa
variedad de sus aberrantes costumbres; pero para terminar con nuestra
idiosincrasia, necesitarán matarnos a todos, porque en aquel terreno,
no nos vencerán. Apelan con frecuencia al genocidio, pero pretendiendo
que seamos nosotros mismos quienes nos lo apliquemos; por ejemplo, por
vía de la liberalización del aborto, de la destrucción de las familias,
de la tergiversación de la sexualidad, del empobrecimiento máximo de
nuestros pueblos, del hundimiento de la instrucción científica y de la
educación moral.
Pero tengo para mí que no lo lograrán, porque el
espíritu rige a la materia, puesto que viene a nosotros después de ella
y para dirigirla –que tal es el proceso de la vida; y mientras que a
nosotros las carencias económicas nos alimentan el espíritu, a ellos su
materialismo los está corroyendo espiritualmente.
El materialismo
y su secuela, el hedonismo y su meta obligada que es el sensualismo,
exasperan las apetencias mundanas y éstas desordenan las prioridades
naturales y embotan el entendimiento. Como tienen la destrucción
adentro de sí mismos, si no cambian perecerán.
Mientras tanto, el
sistema universalizado de comunidad política es decir, el
Estado-nación, aparecido a causa de las guerras de religión del siglo
XVI (que fueron provocadas por los plutócratas alemanes de aquella
época para acrecentar sus negocios), parece que se encuentra en el
ocaso de su vigencia. De modo contrario a lo que la gente en general
cree, que es que el sistema estatal siempre existió, nosotros sabemos
que no fue así, aunque tiene ciertamente unos cuatro siglos de
vigencia. Y todos podemos ver que, en nuestros días, uno tras otros los
Estados se van desconstituyendo y están transformándose en cáscaras
vacías de una sustancia que ya no tienen, sostenidas por una soberanía
que se ha desvanecido. Impotentes para cumplir las obligaciones que son
de su esencia, como proteger a sus ciudadanos de los enemigos de afuera
y de los delincuentes de su interior, establecer la justicia, tanto la
justicia legal como la justicia social, favorecer la plena ocupación
laboral, proporcionar auxilio sanitario y medicinal, dar educación y
posibilitar el acceso a la vivienda para todos, etcétera, se van como
difumiando y dejando solamente los símbolos oficiales a la vista, mera
apariencia de algo que ya no es más. Tal como se apagó el Imperio
Romano de Occidente.
Por cierto que las naciones que se ven en
peligro de una total extinción, para pasar a ser meros territorios
poblados sujetos a los caprichos irrestrictos de los poderes mundiales,
tanto de los organismos internacionales cuanto de las grandes empresas
transnacionales, tratan de revitalizar el Estado. Tratan, en un ademán
puramente defensivo, de volver a dotarlo de aquellos poderes de
decisión que otrora les permitían remitir las situaciones más críticas
imaginables, como fueron, por ejemplo, las reconstrucciones de los
países devastados por la segunda gran guerra mundial del siglo XX,
señaladamente el Japón y Alemania. Y ciertamente podrán, y es deseable
que así sea, lograr algo de lo que se proponen. Pero lo que no podrán
lograr, al menos en un plazo estimable, es reconstituir su solitaria
soberanía.
En un mundo de obligada interdependencia, cada vez son
menos posibles los Estados soberanos. Pero sí es posible, y en nuestro
caso, espectable, la constitución de bloques de naciones. La idea de la
Hispanidad es eso, también: la de una alianza fecunda de todos los
pueblos descendientes de España y España misma, todos en pie de
igualdad jurídica y juramentados a apoyarse mutuamente para lograr,
antes que nada, un nivel de vida homogéneo para todos sus pueblos.
III.
(Qué es la Hispanidad)
La
Hispanidad fue, hace algunos siglos, una realidad concreta. Vale decir,
algo existente. Por entonces, se la conocía como el Imperio Español. Y
así como detrás de toda concreción humana se observa la abstracción que
la prefigura antes y la explica después, esto es, lo que llamamos la
idea de algo, así mismo pasa con aquella realidad, cuyo cuerpo político
fue disuelto por la descomposición, pero cuyo espíritu sobrevive a la
espera de una nueva encarnación. De modo que, como se podría decir, no
ha muerto y su semilla viviente, que somos nosotros, sólo espera buen
terreno donde volver a arraigar.
Decía Aristóteles, y yo acepto su
opinión, que hay dos modos de ser: en acto o en potencia. El ser en
acto existe, el ser en potencia puede perfectamente existir, pero ésa
su existencia, ése su arribo a la realidad, es algo contingente; es
decir, algo que las circunstancias pueden o no favorecer. Ahora que,
tratándose de cosas humanas, tras su posibilidad debe inevitablemente
existir un propósito, es decir, una voluntad.
Esa voluntad siempre
permaneció entre nosotros, tras los siglos transcurridos. Tanto en la
península como en nuestras tierras americanas, siempre hubo quien se
refirió con respeto y esperanza a la idea sagrada de la Hispanidad. El
término, sin embargo, pudo caer casi en desuso cuando, hace un siglo,
el mundo entero se había plegado a la creencia de que el progreso
humano iba a avanzar con seguridad y continuidad ininterrumpibles por
el andarivel de los crecientes adelantos científicos y técnicos. Poco
duró a la humanidad tal autoengaño, y a partir de la primera
confrontación bélica mundial, la sucesión horrorosa y que nos da
vergüenza de tan sólo mencionarla, de millones y millones de personas
sufrientes, torturadas y muertas de todas las formas imaginables,
terminó por ponerle fin.
Mientras tanto, sucedió que un abogado
asturiano de nombre Faustino Rodríguez San Pedro, que en aquel momento
era presidente de la asociación denominada Unión Íbero-Americana,
propuso e impuso aquel inexplicable mote de “Día de la Raza” a la
celebración que hoy recordamos, denominación que prosperó durante un
buen tiempo antes de que fuera cambiada por la presente. Yo soy testigo
de ello porque, en mi lejana infancia, transcurrida en esta misma
Ciudad durante la segunda mitad del siglo pasado, a la festividad a que
nos referimos y que constituía un día feriado, se la nombraba así: “Día
de la Raza”. Más de una vez, aún siendo niño y no de los más
despiertos, yo me pregunté qué cuernos querría decir aquello. Mi padre
español, que era un excelente trabajador pero que no era propiamente un
intelectual, la interpretaba como que se refería a la “raza española”.
Yo no comprendí hasta después de muchos años, en oportunidad de
repensar aquello, que es un verdadero despropósito llamar raza al
pueblo español ni a los descendientes de los españoles. No sé yo si
habrá muchos más pueblos consolidados que tengan una conjunción de
descendencias tan diversas como las tiene España, si por razas
entendemos no la concepción científica hasta hace poco sostenida de que
tres son las razas en que se divide la humanidad (“blanca”, “negra” y
“amarilla”), sino el concepto de una cultura producto del aporte de
diferentes otras.
La realidad española hace que el español sea uno
de los tipos nacionales más opuestos al racismo en todo el mundo,
entendiendo por tal no una cuestión de rivalidades nacionales por
intereses concretos, sino una suerte de desprecio, cuando no de odio,
hacia las gentes que son muy diferentes de nosotros.
No, los
hispanos no somos ni podemos ser racistas y ello es así por al menos
dos convenientes razones. Una, porque somos mayoritariamente católicos,
y esa nuestra fe nos inculca la verdad de que todos los hombres somos
hermanos dado que todos provenimos de un mismo Padre. Que seamos
diferentes, sí; y que no podamos de ningún modo llegar a ser
enteramente iguales –esto es, idénticos– también. Ni siquiera son
idénticos los hermanos gemelos porque, pese a su apariencia que los
presenta como perfectamente confundibles, cada uno tiene su propia e
induplicable personalidad. Y dos, porque el llamado racismo importa una
postura de odio o desdén hacia lo diferente, en este caso, hacia las
culturas diferentes; y los españoles creo yo que tenemos sobradamente
probado que no nos amilana ni repugna mezclarnos con los otros, y
convivir con ellos, hasta formar con ellos nuestras familias y procrear
nuestra descendencia. Es por eso que hoy el subcontinente centro y
sudamericano, al que agregaremos a México y buena parte del sur
norteamericano, está poblado de criollos mezcla de españoles con
sujetos de las más diversas etnias o linajes, o como se les quiera
llamar a las diferencias superficiales que mostramos los individuos
humanos y que no son anatómicas sino culturales. Todos, hablando de
algún modo (bien o regular) el mismo idioma originario de Castilla, que
es un bien común inconmensurable porque nos permite comunicarnos a la
primera sin tener que estudiar lenguas foráneas.
La Hispanidad, esto
es, la acción educadora y progresista de España por todo el mundo
(porque hay pueblos hispanos también en el África y en el Asia), fue la
constitución de una gran nación con vínculos culturales y económicos,
pero especialmente, con una fuerte atadura espiritual.
(Los artífices de la idea de una nueva Hispanidad)
El
vocablo “Hispanidad” ya figuraba, con el concepto de ser un término muy
antiguo, en el Diccionario de la Real Academia Española edición de
1817. Pero tenía acepciones diferentes al uso que hoy nosotros le
asignamos.
Como un concepto filosófico, histórico y político, el
término creado, como veremos, por un obispo español en Argentina, fue
adoptado en seguida por varios insignes pensadores y años después fue
asimismo recepcionado y adquirido por hombres de letras americanos
notables, como el eximio peruano José Santos Chocano, o como el poeta
nicaragüense Rubén Darío, que fue llamado con justicia “príncipe de las
letras castellanas”, o como el gran intelectual gallego Ramón Menéndez
Pidal, que tuvo el atrevimiento y se tomó el trabajo de estudiar los
escritos y la biografía del famoso fraile Bartolomé de Las Casas, en
cuyo espurio testimonio se apoyan los “indigenistas” y otros enemigos
de España para convalidar la “leyenda negra” contra este país.
A
continuación me referiré a unas pocas de las más significativas
personalidades (escogidas de entre un conjunto mucho más amplio de
autores, todos ellos perfectamente autorizados por su eximia calidad
intelectual y moral para exponer la idea perenne de la Hispanidad),
(Miguel de Unamuno y Jugo, el paradojal)
Al
ilustre cuanto cambiante pensador español de origen vasco don Miguel de
Unamuno y Jugo, le atribuyen varios autores ser el escritor que más
tempranamente empleó el vocablo “Hispanidad” con un sentido más moderno
del término. En un artículo suyo que, aunque se lo fecha informalmente
en 1909, no hay pruebas de otra publicación anterior que la de 1927 en
la revista argentina “Síntesis”, número del 6 de noviembre, Unamuno
dice lo siguiente:
“Digo Hispanidad y no Españolidad para atenerme
al viejo concepto histórico-geográfico de Hispania, que abarca a toda
la península ibérica. Digo hispanidad y no españolidad para incluir a
todos los linajes, a todas las razas espirituales, a las que ha hecho
el alma terrena y a la vez celeste de Hispania, de Hesperia, de la
península del Sol Poniente. Y quiero decir con Hispanidad una categoría
histórica, por lo tanto espiritual, que ha hecho, en unidad, el alma de
un territorio, con sus contrastes y contradicciones interiores. Porque
no hay unidad viva si no encierra contraposiciones íntimas, luchas
intestinas.
“La Hispanidad, ansiosa de justicia absoluta, se
vertió allende el Océano, en busca de su destino, buscándose a sí
misma, y dio con otra alma de la tierra, con otro cuerpo que era alma,
con la Americanidad, que busca también su propio destino...
Y completa el intelectual falangista José María García de Tuñón Aza explicando que:
“…Es
muy posible que el ilustre vasco [Unamuno] haya sido el primero en
utilizar el vocablo “Hispanidad” con un sentido histórico y cultural”…
Y que para Unamuno ese término designaba
“…La
unidad profunda del mundo hispánico, España y América del Sur”. “La
base de aquella homogeneidad se encontraba a juicio del pensador vasco
–explica García de Tuñón–, no en la raza, en la religión o en la
realidad política, sino en la lengua castellana”. “Lenguaje –dice
Unamuno– de blancos, y de indios, y de negros, y de mestizos, y de
mulatos; lenguaje de cristianos, y de ateos; lenguaje de hombres que
viven bajo los más diversos regímenes políticos”.
(Los portugueses. Antonio María de Sousa Sardinha y otros hispanos)
Hubo
un pensador de origen portugués, don Antonio María de Sousa Sardinha
[pr. “Sardiña”], fallecido prematuramente a los 37 años, quien fue en
principio un apasionado defensor de la monarquía en Portugal. Se enroló
en la corriente del Integralismo Lusitano, de carácter sindicalista y
católico y habiendo residido largo tiempo en España se volcó a la
opinión (hoy sostenida por muchos a ambos lados de las fronteras
ibéricas) de que se debe concretar una unión entre la república
lusitana y el reino español, una ciudadanía común. Estudiando las
realizaciones de ambas naciones por el mundo, Sousa Sardinha llegó al
convencimiento de que hay una auténtica Hispanidad, concepto en que
engloba a España y Portugal y las naciones surgidas de la obra de
ambas.
Es que el Portugal también es “Hispania”, nombre latino
anterior a la formación de los reinos ibéricos que dieron lugar a ambas
modernas naciones. Con entera razón decía el romántico portugués del
siglo XIX João Baptista de Silva Garret, en su estudio sobre Camoens,
que:
“Somos hispanos e devemos chamar hispanos a cuantos habitamos a península hispana”,
afirmación que adoptó Menéndez y Pelayo y la iba divulgando por todas partes.
(Permítanme
esta digresión, para recordar una sola bella estrofa del citado Luis
Vaz de Camoens, poeta, historiador y soldado portugués, gran devoto de
la Virgen María, que escribió para ensalzar la Hispanidad versos
recordados por otro inmenso hispanista que fue el padre Isidro Gomá y
Tomás, de cuya inestimable aportación me ocuparé en su lugar).
Escribió Camoens:
“Del Tajo a China el portugués impera,
De un polo al otro el castellano boga,
Y ambos extremos de la terrestre esfera
Dependen: o de Sevilla, o de Lisboa”.
Y
con ello cantaba nuestra pasada grandeza, grandeza que es nuestra, de
todos los hispanos, a quienes Dios nos puso en el mundo para bien de la
humanidad, a pesar de cuanto chillen todos los mono-pensantes. Y en
especial, aquella ralea de torpes que gritan a voz en cuello que “ojalá
los españoles nunca hubieran llegado a América”, olvidando que si
algunos españoles no hubieran sembrado su simiente en nuestras tierras…
ellos, mestizos que reniegan de su estirpe –en vez de proclamar con
orgullo que son una cepa nueva, conjunción de lo mejor de los dos
mundos– no estarían incordiándonos aquí y ahora con sus reclamos.
Más
allá todavía de Sardinha y de Menéndez y Pelayo iba el eminente catalán
Eugenio D’Ors i Rovira cuando afirmaba que, siendo hispano y español,
era por eso también portugués, y que encontrándose en tierra portuguesa
estaba en su hogar; y que por la misma causa y semejantes
circunstancias, también era americano.
Por su parte, el hispanista francés profesor Jean Frédéric Schaub, contemporáneo nuestro, dijo hace poco que:
“…Para
muchos escritores portugueses, como para muchos desconocidos que
legaron a la posteridad sus archivos, no hay ninguna incompatibilidad
entre su pertenencia a la corona de Portugal y a la vez a la
Hispanidad…”.
(Monseñor Zacarías de Vizcarra Arana, el creador del concepto moderno de Hispanidad)
Aproximadamente
por el primer cuarto del siglo pasado vivía acá, en Buenos Aires, un
clérigo español de origen vasco, consagrado luego en 1947 obispo de
Ereso, don Zacarías de Vizcarra Arana. Había llegado a la Argentina en
1912 y sólo retornó a la Península natal a pedido del cardenal Gomá,
casi sobre el fin de la guerra española, para colaborar con este gran
prelado en múltiples tareas de alto nivel. Fue destinatario de uno de
los mayores elogios que el papa Pío XII otorgaba a los mejores
sacerdotes del mundo, junto con una medalla de oro recibida al cumplir
sus bodas de oro sacerdotales en 1956 y ese mismo año el gobierno
español le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica con una nota
donde resaltan estos encomiásticos términos:
“Fue nuestra querida y admirada víctima ya que sobre él cayó siempre el peso más difícil…”
Su
obra es extensísima, porque fue no sólo un erudito, un pensador, un
maestro, sino fundamentalmente un creador y un hombre de acción. Sus
realizaciones son difícilmente enumerables, tantas fueron, pero me
permito mencionar acá a siquiera dos: en Buenos Aires fundó la
acreditadísima revista católica Criterio, y en España, la no menos
célebre publicación Ecclesia, órgano central de la Acción Católica
Española, de la que fue Consiliario General durante veinte años, hasta
el día de su muerte; y escribió un libro que tituló gallardamente:
Vasconia españolísima. Fue autor de numerosos trabajos literarios,
varios de ellos dedicados al tema, para él, recurrente, de nuestra
Hispanidad. A mí me compró el alma un estudio suyo que publicó
parcialmente en Buenos Aires la revista porteña Acción Española
(también de su creación e impulso), titulado “El Apóstol Santiago y el
mundo hispano”, que recogí por Internet.
Pues bien: residiendo en
Buenos Aires el padre Zacarías publicó en 1926 un artículo muy
comentado y bien recibido que tituló “La Hispanidad y su verbo”,
mediante el que proponía con vigor el cambio del nombre dado al 12 de
octubre, tanto en España cuanto en Hispanoamérica, del poco afortunado
“Día de la Raza” al veraz “Día de la Hispanidad”. En 1937, en plena
guerra española, volvió a su patria para servirla y allí permaneció
hasta su fallecimiento en 1963 a sus 83 años cumplidos. En aquel
histórico artículo Vizcarra escribió lo siguiente:
“Estoy
convencido de que no existe palabra que pueda sustituir a
'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos
de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás.
Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos
voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos
'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con
minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos,
por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin
humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los
pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con
minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano.
Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas
de la palabra 'Hispanidad', la cual significa, en primer lugar, el
conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados
por Europa, América, África y Oceanía; y expresa, en segundo lugar, el
conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del
mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica”.
Y completando en otro lado el alcance del término dice, con eximia concisión:
“El
concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda
señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que
integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una
gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad»
superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la
'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por
hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin
distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una
sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie
humilla”.
Luego, en 1944, en un artículo suyo titulado “Origen del
nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad”, y refiriéndose a cómo,
principalmente Maeztu y Gomá, le habían acreditado la creación de ese
vocablo, el modesto sacerdote vasco protesta preferir la opinión de
otro gran español-argentino, don Manuel García Morente, quien había
escrito poco antes:
“Existe una palabra –lanzada desde hace poco a
la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer,
designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de
la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es
'Hispanidad'”.
Y el padre Zacarías dice que:
“Veremos en estas
líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las
demás antes citadas, [de Ramiro de Maeztu y de monseñor Gomá y Tomás]
aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido
lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación [más]
satisfactoria”.
Ejerciendo su proverbial modestia para mejor
demostrar que él no había inventado la palabra, va a mencionar un
antiquísimo libro español, escribiendo esto:
“Tan antigua es esta
palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de
Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo,
sin paginación, el año de 1531.”
Y para rematar su indagación histórica, expresa en el mismo trabajo literario su creencia de que:
“…Es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo
empleasen la palabra «hispánitas» (hispanidad) para designar los giros
hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido [en] que el
propio Quintiliano usa la palabra «patavínitas» (paduanidad) al hablar
del latín de Tito Livio”.
Habría mucho que exponer sobre este
español ilustre, pero debo poner aquí punto final a su merecida
exégesis. Sólo agregaré que la Real Academia Española, a veces un tanto
demasiado parsimoniosa, recogió sin embargo las acepciones propuestas
por el padre Vizcarra al término en estudio, “Hispanidad”, a partir de
1947, para su bien ganada satisfacción.
Este sacerdote, vasco
magnífico que se sentía también argentino, fue, sin duda alguna, quien
dio al vocablo Hispanidad el sentido exacto con que hoy lo
pronunciamos. Y porque fue él quien, en modo eminente, despertó el
entusiasmo aletargado de sus contemporáneos mostrándoles el legado
inmarcesible de sus glorias acreditadas y señalándoles, con discreción
pero con firmeza, el deber, esto es, la continuación de la empresa
(como luego la definirá José Antonio), es que quiero rendirle en este
día, fecha memorabilísima de nuestra nacionalidad, mi emocionado
homenaje.
Al padre Zacarías de Vizcarra Arana, pues, todo honor y toda gloria.
(Ramiro de Maeztu Whitney, el gran expositor –y profundizador– de la Hispanidad)
Entre
los años 1928 y 1930, fue embajador español en la Argentina el célebre
pensador –e iluminador nuestro– don Ramiro de Maeztu Whitney, cuyo
segundo apellido obedece a que su madre fue inglesa. Su nombre quedó
hasta ahora como un sinónimo del de la Hispanidad, porque don Ramiro
–otro más de los hombres honestos asesinados en 1935 por la bestialidad
de los rojos– llegó a escribir la obra más completa y maravillosa
atinente al tema, titulada, precisamente: “Defensa de la Hispanidad”, a
la que –entrando ya en el tramo final de mi exposición– me referiré en
seguida. Estando en Buenos Aires, don Ramiro se conectó,
inevitablemente, con el padre Vizcarra Arana. Más tarde, el 15 de
diciembre de 1931, apareció en Madrid el primer número de una revista
católica de orientación monárquica, titulada “Acción Española”, cuyo
principal artículo era un escrito de don Ramiro de unas 8 páginas
denominado, precisamente, “La Hispanidad”, cuyo contenido pasó más
tarde a integrar su famoso libro “Defensa…”, antes aludido (que se lo
puede bajar del sitio web de la Falange en Buenos Aires,
www.juntoafe.com.ar).
Allí nos dice Ramiro, breve y contundentemente que:
«'El
12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo
sucesivo el Día de la Hispanidad.' Con estas palabras encabezaba su
[número] extraordinario del 12 de octubre último un modesto semanario
de Buenos Aires, El Eco de España. La palabra se debe a un sacerdote
español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.
Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos
los pueblos cristianos, ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, como
ésta de Hispanidad, que comprenda también y caracterice a la totalidad
de los pueblos hispánicos?».
Ése fue, sin duda, el final del recomienzo de nuestra obra en curso de ejecución, la reunión hispánica.
Ya
en 1927 don Miguel de Unamuno había escrito que prefería el término
“Hispanidad” al por entonces más utilizado de “Españolidad” porque lo
consideraba más abarcativo e ilustrativo.
En 1931 el por entonces
intelectual comunista y luego converso a la causa nacional, don
Santiago Montero Díaz, opositor a los separatismos que entonces como
ahora tironeaban para desarmar la unidad española peninsular, escribió
acerca de:
“…El conjunto de naciones ligadas por una comunidad de intereses y subordinadas a una denominación común de Hispanidad»…
En
1934 publicó Ramiro de Maeztu su obra cumbre reiteradamente aludida,
“Defensa de la Hispanidad”, cuyos ecos aún perduran incluso en este
mundo tan hostil a los valores de la nación hispanoamericana. Con esta
publicación o, más bien, por su influencia, fue que se impuso
definitivamente esa denominación para la fecha que hoy nos congrega.
Pocos
meses después, el 12 de agosto del mismo año, vino a dar un impulso
definitivo a la nueva corriente de la Hispanidad, que dura hasta
nuestros días, una conferencia dictada en Buenos Aires por el entonces
Arzobispo de Toledo, monseñor Isidro Gomá y Tomás a la que me referiré
al concluir el tema de Maeztu.
Al año siguiente, en la misma fecha
celebratoria, y en que Ramiro de Maeztu pronunció un recordado discurso
en la Academia Española sobre el “Descubrimiento y colonización de
América”, apareció también en el número inaugural de la revista
madrileña “Hispanidad” un nuevo artículo suyo titulado “Día de la
Hispanidad”.
Un año después, Ramiro fue asesinado, sin juicio ni
defensa ni condena. Simplemente, porque no era de izquierdas. Nada más
que por ser un buen hombre, tímido e inofensivo, gentil y caballeroso.
Pero
su ideario, excepto en lo que se refiere a su filiación monárquica, fue
adoptado por los falangistas mismo durante el curso de la cruenta
guerra de 1936 a 1939. En 1938 se volvió a publicar su libro mencionado
“Defensa…”, y desde entonces hay periódicas reediciones que ilustran en
ese ideario de paz y mancomunidad a las sucesivas nuevas generaciones.
(Cabe
destacar que este mismo día en que hoy estamos, se celebra también el
día de la Virgen del Pilar, Patrona de España y Jefa Espiritual de la
Guardia Civil).
Ramiro de Maeztu Whitney fue, como antes dije, hijo
de padre español y de madre inglesa. También su esposa fue inglesa y él
mismo vivió durante 15 años en las Islas Británicas. Cuando le
propusieron hacerse súbdito inglés, les respondió aterrorizado: “¡No,
no, nunca! ¡Soy español!”, y retornó definitivamente a España.
En
1928 fue designado embajador en la Argentina, cargo que ocupó durante
dos años. Luego, como antes había anticipado, en 1934 al aparecer la
revista “Hispanidad” en su primer número se publicó el primero de la
serie de 23 artículos aparecidos entre 1931 y 1934, que más tarde
Ramiro recopiló para publicarlos bajo el título de su famoso libro,
tantas veces mencionado hoy, “Defensa de la Hispanidad”. Y desde el
número 28 de esa revista hasta su muerte por asesinato a manos de los
rojos en 1936, de Maeztu fue el director de la publicación.
De
esta obra cumbre quiero transcribir sólo estos dos párrafos, porque
ilustran magistralmente, en su brevedad, lo que por Hispanidad
entendemos los falangistas. Dice Ramiro:
“La Hispanidad, desde
luego, no es una raza. […] “Sólo podría aceptarse en el sentido de
evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al
color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por
aquellas características que puedan transmitirse a través de las
obscuridades protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del
espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de
hombres de las razas blanca, negra, india [quiso decir: “india
americana”] y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus
características por los métodos de la etnografía”.
“También lo
sería por los de la geografía. Sería perderse antes de echar a andar.
La Hispanidad no habita una tierra, sino muchas y muy diversas. La
variedad del territorio peninsular, con ser tan grande, es unidad si se
compara con la del que habitan los pueblos hispánicos”. […] “Y esta
falta de características geográficas y etnográficas, no deja de ser uno
de los más decisivos caracteres de la Hispanidad. Por lo menos es
posible afirmar, desde luego, que la Hispanidad no es ningún producto
natural, y que su espíritu no es el de una tierra ni el de una raza
determinadas”.
En fin, cada capítulo del libro se corresponde
con alguno de los famosos 23 artículos publicados en la revista, y una
lectura de sus diversos títulos, de entrada nos ilustra sobre su
contenido. Por ejemplo: “Las luchas de Hispanoamérica”, “El humanismo
español”, “El humanismo materialista”, “El principio del crecimiento”,
“La igualdad humana”, “Filipinas y el Oriente”, etcétera y etcétera.
Cada tema es abordado por Ramiro como un trabajo terminado en sí mismo,
por lo que con cada lectura distinta sus lectores vamos aprendiendo
tanto que, cuando repasamos lo aprendido, nos parece increíble. Así de
grandioso es su arte de escribir. Yo me permito recomendar, a los más
jóvenes en particular, porque seguramente ellos no han tenido
oportunidad de abrevar en las aguas prodigiosas del pensamiento
maeztiano, y luego a todos cuantos no se acercaron nunca a la obra de
este gran hispanista, que hagan lo posible por leerlo, así fuere de a
poco. Ya les transmití el sitio web de nuestra Delegación falangista,
donde encontrarán esta publicación, así como la muy relacionada
disertación de monseñor Gomá, que luego fue su amigo.
Aquellos
homúnculos que a duras penas debemos llamar hermanos nuestros, esos
pistoleros sin Dios, sin patria y sin ley que lo apresaron y lo
maltrataron, cuando finalmente lo clavaron a tiros contra una pared, no
saben el bien inefable que le hicieron al bueno de Ramiro: gracias a
sus balas impías él se fue derecho y sin más trámite a las estrellas, a
donde moran todos los grandes de Dios y de la patria, a la diestra del
Redentor. Y allí está, para siempre jamás, sin duda abogando por todos
cuantos intentamos seguir sus huellas con afán –aunque nunca podamos
emparejar su grandeza.
(Monseñor Isidro Gomá y Tomás, arzobispo de Toledo, el preclaro impulsor)
El
12 de agosto de 1934, se realizó en el Teatro Colón de nuestra Buenos
Aires una celebérrima conferencia a cargo del sacerdote español
monseñor Isidro Gomá y Tomás, entonces Arzobispo de Toledo y a partir
del año siguiente Cardenal Primado de España, con el feliz título de
“Apología de la Hispanidad”. Decir que la repercusión de esta
conferencia, luego publicada en letras de molde, fue extraordinaria es
decir bien poco. Fue, me parece, consagratoria, y tengo para mí que
contribuyó un tanto –un buen tanto– a la elevación al cardenalato de
monseñor Isidro (cargo que él honró después sobremanera
constituyéndose, sin duda para mí, en el más ilustre prelado español
del siglo.
La conferencia tuvo su fundamento en aquel artículo
inaugural del padre Vizcarra antes dicho, “La Hispanidad y su verbo”,
publicación que fue la expresión literaria más afortunada del siglo
para nuestra causa, pues por ella levantó cabeza una vez más el
espíritu inmortal de nuestra nacionalidad. (También este discurso,
extenso como un libro y de una fecundidad incomparable, se lo puede
bajar del sitio web de la Falange en Buenos Aires, www.juntoafe.com.ar).
Es
decir que, en base al impulso dado al concepto de que tratamos y por
eso mismo a la idea que compartimos, por aquel grande vasco que fue su
impulsor, el padre Vizcarra, el terreno estaba abonado para que este
otro grande –catalán para ejercer– que fue el obispo Gomá, le diera a
tan trascendente tema el envión que lo catapultó al genio de su gran
coterráneo Ramiro de Maeztu y, desde él, a los cuatrocientos millones
de hispanos que hoy somos.
La conferencia se hizo en oportunidad de
celebrarse oficialmente por el gobierno argentino en pleno la fecha
epónima, por invitación cursada a instancias de la jerarquía
eclesiástica argentina. A poco de iniciar el tema, el obispo Tomás y
Gomá ya define una de las propiedades de la Hispanidad. Dice:
“Mi
tesis, para la que quiero la máxima diafanidad, es ésta: América es la
obra de España. Esta obra de España lo es esencialmente de catolicismo.
Luego, hay relación de igualdad entre hispanidad y catolicismo, y es
locura todo intento de hispanización que lo repudie.
“Creo que
ésta es la pura verdad. Si no lo creyera, no rompería por ella una
lanza. Ahora sí: cuantas estén a mi alcance. Y, Quijote o no, a su
conquista voy, alta la visera, montado en la pobre cabalgadura de mis
escasos conocimientos y de mi lógica, pero sin miedo a los duendes del
laicismo naturalista, a los malandrines de la falsa historia o a los
vestigios envidiosos de la grandeza de mi patria”.
Luego se aboca a estudiar por qué y cómo la Hispanidad emerge siempre, una y otra vez, maguer le pese a sus enemigos.
Una
parte sombría de su conferencia, porque atañe a sucesos que hoy vuelven
a encender la llama de la discordia peninsular, es la que se refiere a
los separatismos, causa eficiente de la guerra. Y allí el vigoroso
obispo fustiga a los extranjeros que buscan la destrucción de España
fogoneando aquellas actitudes secesionistas y apoyando a sus estúpidos
partidarios. Alude a:
“…La acción clandestina de fuerzas
internacionales ocultas, que tratan para sus fines de balcanizar a
España, rompiendo a la vez el molde político y religioso en que se
vació nuestra unidad nacional”.
Y sienta una tesis de la que yo,
personalmente, y muchos otros argentinos hoy en día, nos hemos hecho
cargo en aras de purificar la historiografía americana de la faramalla
ponzoñosa sembrada por el enemigo de todos nosotros; tanto de quienes
estamos en la huella de la verdad cuanto de los numerosos estólidos que
viven embobados, y engañados supinamente acerca de la nacionalidad que
creen detentar. Dice monseñor Isidro, con toda veracidad:
“El fin
del imperio español en América –lo ha demostrado André en un libro así
rotulado– no se debió al ansia de libertad de unos pueblos
“esclavizados” por la metrópoli, sino a una serie de factores
históricos e ideológicos […]”.
(La Falange empareja esta
vigorosa opinión, y es por eso que viene impulsando un conjunto de
estudios revisionistas que permitan despejar nuestra historia de la
hojarasca masónica que tapa y encubre la realidad de los hechos
acaecidos, que no es otra que la acción de los imperialistas y
colonialistas en procura de imponer su dominio para mejor explotarnos.
Pero quede en claro que los investigadores falangistas no pretenden
caer en la iconoclastia pedestre de los marxistas fracasados, esto es,
aplicar el enroque taimado que ellos practican desde su esencial
amoralidad –como por ejemplo, denostar por una lado a los santos de la
Iglesia y al mismo tiempo promocionar la figura del obsceno y vulgar
homicida que fue el “Che” Guevara, pretendiendo hacerlo pasar por un
hombre de buena fe y un mártir verdadero).
En seguida de aquella
histórica proclama expresa el arzobispo algo que la Falange también
sostiene y que es uno de los puntos expectables de su doctrina. Dice
don Isidro Gomá y Tomás en la misma alocución:
“[…] La Hispanidad es
algo espiritual que trasciende por sobre las diferencias biológicas y
psicológicas y los conceptos mismos de nación y de patria”.
Y dice
muchas más cosas esenciales el ilustre sacerdote catalán, que yo les
invito a leer y a degustar en el texto de esta conferencia magistral y
consagratoria (la cual también encontrarán en el sitio web de la
Falange en Buenos Aires: www.juntoafe.com.ar).
Vaya también para él
un pensamiento piadoso, en memoria de su lucha impar a favor de los
principios más altos que puede sustentar un hombre y que son: el amor
de Dios y el servicio de sus semejantes.
(Manuel García Morente, el ¿romántico? y augur de la Hispanidad)
Residió
en la ciudad norteña de San Miguel de Tucumán, capital provincial
argentina, otro español ilustre con cuya obra ejemplar Lecciones
Preliminares de Filosofía yo, como tantos miles de argentinos, descubrí
a esa disciplina respecto de la cual contestaba Aristóteles cuando le
preguntaban para qué sirve, que “ella no sirve porque no es sirvienta
sino reina”. Él fue mi maestro mediante el milagro del libro, elemento
esencial para toda cultura que se precie porque nos pone en
comunicación, a través de mares de tiempo y de distancia, con las
mentes de otros hombres aunque ellos ya no estén en cuerpo y alma en
este mundo. Es que don Manuel García Morente, sacerdote español
–andaluz para quien quiera saberlo– que había sido nombrado Consejero
Miembro del Consejo de la Hispanidad justo el mismo mes y muy cerca del
día en que yo nací bajo este cielo, falleció, lamentablemente, pocos
meses después a sus jóvenes 50 años.
Cuando contaba tan sólo 24 de
edad, ganó el concurso de oposición y obtuvo la cátedra universitaria
de Ética en la Universidad Central de Madrid –vean ustedes qué pichón
de lumbrera se ganó la Hispanidad, que a punto estuvo de perderlo
porque su padre lo había mandado a educarse en Francia pero donde, pese
a todas las influencias, Manuel no se plegó nunca a la decadente
douceur de vivre que caracteriza a esa sensualista población. (José
Ortega y Gasset fue, en aquella oportunidad, uno de los jueces que lo
analizó en el concurso).
Catorce años después, era designado
Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y muy pocos años más tarde,
durante la presidencia republicana de Niceto Alcalá Zamora, asumió la
Subsecretaría de Instrucción Pública. Pero desencadenada ya la guerra
civil, fue destituido de su decanato universitario por los enemigos de
España, se mudó primero a París, donde fue ordenado sacerdote y
finalmente viajó a la Argentina, donde arribó el 10 de junio de 1937
para aceptar el ofrecimiento que se le hizo de ocupar el Rectorado de
la Universidad de Tucumán. De sus clases magistrales es que, por nota
que tomaron sus estudiantes, se formó aquel libro que nos despertó a
tantos sudamericanos a la belleza difícil pero dadivosa del pensamiento
filosófico.
Pues bien. Estuvo entre nosotros tan sólo un breve año, un período corto pero pleno de realizaciones intelectuales.
Cuando
estaba ya a punto de embarcarse para volver a España fue que dictó su
extraordinaria conferencia en dos sesiones, durante los días 1 y 2 de
junio de 1938 y dos días después, se embarcó para retomar su cátedra en
Madrid y, contrariando su ferviente deseo, no poder regresar jamás. Las
dos sesiones de su famosa conferencia referida a la Hispanidad, él las
había titulado así: Parte I, España como estilo, y Parte II, El
caballero cristiano.
En su disertación dice cosas robustas como el
roble, y veraces, y agudas como el filo de una espada de Toledo. Por
ejemplo, este breve aserto:
“Lo que Inglaterra y Francia, seguidas
luego por Alemania e Italia, se han esforzado por ser y hacer en la
tierra es –no lo olvidemos– una idea que España pensó y realizó la
primera en la historia del mundo moderno”.
Esto es, digo yo, la patria universal, la Hispanidad.
Criticando la situación del momento, dice sin ambages:
“La
Internacional comunista de Moscú resolvió ocupar España, apoderarse de
España, destruir la nacionalidad española, borrar del mundo la
hispanidad y convertir el viejísimo solar de tanta gloria y tan fecunda
vida en una provincia de la Unión Soviética. De esta manera el
comunismo internacional pensaba conseguir dos fines esenciales:
instaurar su doctrina en un viejo pueblo culto de Occidente y atenazar
la Europa central entre Rusia por un lado y España soviética por el
otro, creando, al mismo tiempo, a las puertas mismas de Francia una
base eficaz para la próxima acometida a la nacionalidad francesa. Este
plan, cuya base principal era la sovietización –la deshispanización– de
España, es el que ha convertido a la nación española hoy en el centro o
eje de la historia universal. Porque las circunstancias en que se ha
procurado la ejecución de ese plan son tales, que su éxito o su fracaso
habría de decidir un punto capital para la historia futura del mundo:
el de si es posible o no que la teoría política y social del comunismo
prevalezca sobre la realidad vital de las nacionalidades y deshaga–más
o menos lentamente– la división de la humanidad en naciones”.
Y de
inmediato canta el peán de la esperanza y de la fe en la salvación de
la patria terrena, que él obtuvo la gracia de poder saborear en vida
–apenas un lustro antes de instalarse en la patria celestial.
El
contenido de aquella extensa alocución (una vez más, se la puede leer o
bajar de la página web de la Falange en Buenos Aires) amerita no menos
otra igual de densa conferencia para glosarla. No lo podemos hacer hic
et nunc, desde luego. De modo que sólo podré señalar ahora dos breves
cosas. Una, que García Morente se convierte y adhiere con fervor a la
idea de la Hispanidad y así, dice bajo el subtítulo de “El tema de
estas conferencias”:
“El problema inmediato que se plantea es el
de descubrir, definir, explicar en qué consiste ese «sí mismo», al cual
la nación española ha permanecido siempre fiel. ¿En qué consiste la
hispanidad? ¿Qué es esa España idéntica y diversa a lo largo del
tiempo? ¿Qué es ese «ser» de lo hispánico, al cual la historia de
España se subordina de una punta a otra de su largo camino? En estas
conferencias nos hemos propuesto, precisamente, responder –con mayor o
menor exactitud– a esas preguntas. Estas conferencias no son otra cosa
que un esfuerzo por apresar, en palabras y en conceptos, algo, al
menos, de esa impalpable esencia que venimos llamando la hispanidad”.
En este tramo el disertante se refiere, a la vista está, al concepto de
aquella hispanidad con minúscula, que habría dicho el padre Vizcarra,
la que se atiene a los caracteres propietarios antes que a la esencia
de la cosa hispánica. Pero avanzando en su discurso, el maestro García
Morente arribará con pulso sereno y rumbo seguro a aquella esencia, que
lo deslumbrará como luego nos habrá de deslumbrar a tantos de nosotros.
Pero
no habrá de ocurrir en ese momento sino algo después. En un escrito
suyo aparecido en la revista Ecclesia, órgano de expresión de la Acción
Católica Española, apenas unos días antes de su muerte, que él tituló
“El elemento religioso en la formación de la nacionalidad española y de
la Hispanidad”, allí sí pega en diana y dice cosas como:
“…La
expansión de la hispanidad por el mundo”[…] “…si el hombre hispánico se
trasladó a América, no para esta o aquella finalidad parcial, sino para
vivir la totalidad de su vida, entonces es claro que hubo de llevarse
consigo todo su ser, toda su índole…” […] “Aquellos españoles que se
fueron a América, no a comerciar ni a vigilar los mares, sino a vivir,
simplemente y absolutamente, a vivir, sentían en su vida, como de su
vida, el cristianismo”; para terminar con esta afirmación premonitoria:
“La época de nuestra historia, que suele llamarse moderna y
contemporánea, es una muda y trágica protesta española frente a lo que
se piensa y se dice y se hace en el resto del mundo. Como todo lo
nuestro, esa protesta adquiere a veces proporciones de increíble
grandeza, en gesto sublimemente desgarrado y dramático. Porque en los
corazones cristianos jamás se extingue la esperanza ni se agota nunca
la confianza en Dios. Pero la humanidad presente, que visiblemente
vuelve a Dios un rostro acongojado y contrito, prepara sin duda a la
idea hispánica en el mundo y en la historia, nuevas y fecundas
ocasiones de acción y de triunfo.”
Como hubiera dicho con unción Souza Sardinha, de haber podido leerlo: “Si Deus quizer”.
Dos,
que García Morente, elevándose místicamente a las alturas donde mora el
espíritu de la poesía, desencarnado de la cruda realidad, quiere creer
en la posibilidad de restaurar el tipo del caballero cristiano que
posibilitó la conquista de América y de tierras y de hombres en el
África y en el Asia. Y eso, realmente no parece fácil ni probable al
presente, aunque idealmente fuera posible. Es otra la cultura de aquel
tiempo, bastante diversa de la de aquel año de 1938 y nada digamos de
lo que es la cultura de hoy, fuera y dentro de España. Si, como quería
el padre Manuel, sólo el caballero cristiano es capaz de restablecer la
Hispanidad, casi diría que renunciaríamos a la lucha, porque bien
sabemos lo lejos que nosotros mismos estamos de aquel modelo de hombre
excepcional. Yo no dudo de que haya muchos hispanos varones y mujeres,
muy capaces y muy cerca de alcanzar aquella elevada categoría moral y
ejemplo de vida, pero dudo de que, siendo tantos, aún no alcanzarían a
constituir un abono suficiente para la ríspida aridez espiritual que
afecta al alma de las gentes de nuestro siglo. El ideal de García
Morente se nos aparece, al menos hoy, como un ideal romántico; y ya
sabemos lo disolvente que el romanticismo puede ser cuando es mal
interpretado. Enervaría nuestra voluntad de ser y de hacer la sola
premisa de que antes de poner manos a la obra, debiéramos convertirnos
en perfectos caballeros de la fe. Nuestro padre José Antonio decía,
casi como si nos diera en esto la razón, que muy bueno es poder
encerrarse en la torre de cristal para filosofar, pero que el ruido que
llega de la calle no nos deja pensar y nos reclama atrayéndonos a la
lucha que allá abajo se está librando, y que a esa liza no la podremos
evadir.
Mi conclusión es que nos conformemos con lo que somos para
empezar, teniendo siempre en ejecución la tarea de superarnos y
perfeccionarnos moral y mentalmente al mismo tiempo que,
convenientemente arremangados, tengamos manos en la obra sin prisas
pero sin pausas –sólo aquéllas que nos imponen las necesidades de
nuestra humana constitución.
Yo ofrezco una oración a la memoria de
don Manuel García Morente, sacerdote, maestro de virtud y apologista y
augur de la Hispanidad.
(José Antonio Primo de Rivera, el mejor hombre de España)
Finalmente,
y para concluir, arribamos a la figura y a la pluma de nuestro
queridísimo José Antonio Primo de Rivera, fundador principal de nuestra
Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas.
No
voy a alargar esta comunicación efectuando referencias biográficas ni
históricas en torno a nuestro amado José Antonio. Hay publicadas en
Internet no solamente abundantes biografías sino también sus Obras
Completas, que incluyen, gracias a los continuos estudios que su nombre
estimula año tras año, también escritos que hasta hace muy poco
permanecían inéditos. (Una versión muy completa en la Web la podrán
encontrar en el sitio de la Organización Rumbos, cuya dirección es:
www.rumbos.net/ocja/).
Para hablar cabalmente de José Antonio se
requeriría mucho tiempo y por lo menos una sesión dedicada en forma
exclusiva a él y a su obra, y es por eso que toda explicación sencilla
de esa su obra gigantesca, que él llevó a cabo en sus jóvenes treinta y
tres años transcurridos de la cuna a la tumba, sólo incurriría en
simplificaciones engañosas o ineficaces. Él, que fue un artista
consumado de la palabra certera bellamente ensamblada, que estaba
dotado de una claridad mental y de una madurez intelectual y emocional
que no se encuentran ordinariamente sino en hombres de mucha mayor edad
y de mucho más largas luchas y debates, era un orador de una rara
belleza, y especialmente, de una concisión sin precedentes en la
oratoria política. Con dos o tres párrafos enhebrados a su manera única
e irrepetible, José Antonio daba cuenta de lo que para la mayoría de
nosotros no se puede decir sino con muchas palabras y circunloquios y
hasta con abundante mímica. Con sus jóvenes años, estaba en el grupo
poco numeroso de los que en España hablaban correctamente el idioma
inglés por aquellos tiempos, y dominaba además perfectamente el
francés. Siendo abogado de formación y de profesión, amaba las
matemáticas, y yo creo que ése era en parte el secreto de su rara
habilidad expresiva.
En el orden de sus fundaciones hasta llegar a
Falange Española de las JONS, (o FE-JONS como se pronuncia
abreviadamente), José Antonio fundó primero un movimiento que llamó
Acción Española; luego, lo renombró Falange Española y bajo este nombre
se empezaron a enrolar centenares de jóvenes, más tarde muchos miles de
hombres de las más diversas procedencias, todos ellos idealistas y que
sentían hervir su sangre, estremecidos de furor por lo que le estaban
haciendo a su patria. (Durante la guerra de 1936 al 39, hubo no menos
de 200.000 falangistas en armas). Luego se acercaron a él dos jóvenes
brillantes, miembros dirigentes de un movimiento castellano que se
llamaba Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas. Eran Onésimo Redondo
Ortega, muerto en combate por la patria, y Ramiro Ledesma Ramos,
asesinado a mansalva por los rojos en el fatídico año de 1936. Con
ellos se inició nuestra FE-JONS, y con la colaboración inestimable del
héroe de la aviación española Julio Ruiz de Alda Miqueleiz (que fue uno
de los cuatro españoles que a bordo de la nave aérea “Plus Ultra”, hoy
exhibida en el Museo de Luján, cruzaron volando por primera vez en la
historia el Océano Atlántico, proeza que se llevó a cabo en la
trayectoria de España a la Argentina. Ruiz de Alda fue él también
cobardemente asesinado en la cárcel por los rojos).
Quedó de aquel
modo fundada para siempre nuestra madre Falange, de la que los
afiliados del presente somos los legítimos y únicos propietarios.
“Falange Española hay una sola”, pronuncian nuestros reclutas, y todo
otro grupo que se arrogue esta denominación no es sino uno más de los
que contribuyen a la “sopa de letras” con que se intenta confundir a
los jóvenes idealistas y patriotas, tratando de endilgarles ideologías
autoritarias, racistas y ajenas al espíritu español y católico de la
genuina hispanidad.
En los muy conocidos 27 Puntos Programáticos de
la Falange, escritos por Ramiro Ledesma Ramos a solicitud de José
Antonio, retocados luego por éste y publicados como programa permanente
en octubre de 1934, leemos:
“Punto 2: España es una unidad de destino en lo Universal”.
Si
bien está claro que en lo inmediato hace referencia a los separatismos
disgregadores que querían romper la unidad del pueblo español (como lo
pretenden ahora mismo), los exégetas más autorizados del pensamiento
joseantoniano ven en esta expresión, también la afirmación de una
unidad hispanoamericana que, ciertamente, estaba en el pensamiento de
José Antonio comunicado a amigos y colaboradores.
Pero inmediatamente después, el Punto 3 expresa:
“Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de
cultura, de intereses económicos y de poder. España alega su condición
de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en
las empresas espirituales”.
Y para culminar este estudio, vayan dos
breves transcripciones de la facundia prodigiosa de nuestro amado José
Antonio, tomadas de sus Obras Completas. Refiriéndose en forma no
expresa a la gran España que es la Hispanidad, dice:
“La
personalidad, pues, no se determina desde dentro, por ser agregado de
células, sino desde fuera, por ser portador de relaciones. Del mismo
modo, un pueblo, no es nación por ninguna suerte de justificaciones
físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo universal;
es decir, por tener un destino que no es el de las otras naciones".
Y de su celebrado artículo editorial que él tituló “La gaita y la lira”, extraigo estos párrafos:
“…Ningún
aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más
tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos.
Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad?
Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si
nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que
invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en
melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más
cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del
valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la
casa; de la casa al rincón de los recuerdos”.
[…] “A tal manera de
amar, ¿puede llamarse patriotismo? Si el patriotismo fuera la ternura
afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. [Porque] Los hombres
cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la
tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro
espíritu hallamos a mano”.El patriotismo, reitera:
“…tiene que clavar sus puntales, no en lo sensible, sino en lo intelectual”.
[…]
No plantemos nuestros amores esenciales en el césped que ha visto
marchitar tantas primaveras; tendámoslos, como líneas sin peso y sin
volumen, hacia el ámbito eterno donde cantan los números su canción
exacta. La canción que mide la lira, rica en empresas porque es sabia
en números.
“Así, pues, no veamos en la patria el arroyo y el
césped, la canción y la gaita; veamos un destino, una empresa. La
patria es aquello que, en el mundo, configuró una empresa colectiva.
Sin empresa no hay patria; sin la presencia de la fe en un destino
común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores
locales. Calla la lira y suena la gaita. Ya no hay razón –si no es, por
ejemplo, de subalterna condición económica– para que cada valle siga
unido al vecino. Enmudecen los números de los imperios –geometría y
arquitectura– para que silben su llamada los genios de la disgregación,
que se esconden bajo los hongos de cada aldea”.
Dispénsenme los
amables circunstantes, que hasta aquí han soportado tantas palabras
para querer mostrar lo que José Antonio hubiera podido decir en forma
inmejorable con muchos menos párrafos de su milagrosa afluencia, que me
tome la libertad de recitar estas solas dos estrofas de las extensas
Coplas de Guerra, que cantaban los soldaditos falangistas mientras
rugía la metralla (y los marineritos Flechas de la Falange, casi niños,
cuando iban quemados y golpeados camino del hospital luego de que se
hundiera el crucero Baleares):
Con un puñado de sal,
y otro de canela en rama,
hizo Dios a José Antonio
para salvar a la Patria.
Échale amargura al vino,
y tristeza a la guitarra:
camarada, nos mataron
al mejor hombre de España…
Y ya está; no más reminiscencias del pasado.
Yo
afirmo y estoy seguro de ello, que el pasado no muere, sino que está
siempre contenido en el presente; y que el presente es el único tiempo
verdadero y real –porque el futuro es mera expectación de lo que sólo
más adelante podrá –o no– sobrevenir.
Decían los griegos que nadie
muere verdaderamente, mientras que alguien lo tenga en su memoria. Si
pues Dios es por antonomasia la Presencia Eterna, eternos somos por
tanto en Su memoria todos nosotros, y en ella moramos juntos los vivos
y los muertos, todos los hijos de Dios. Y entonces José Antonio no se
encuentra ausente, no. No figuradamente, sino de veras, por obra de
Dios él está con nosotros ahora y aquí mismo y como él hubiera querido
que lo pensáramos: “en la noche clara, el arma al brazo y en lo alto
las estrellas”.
(América, cuna de la Hispanidad y la Argentina, su renacimiento)
La
Hispanidad como idea, como empresa, como patria, nació el día en que
Colón y sus marinos, un día como hoy en 1492 arribaron a esta tierra
americana alumbrada por la Cruz del Sur.
Se apagaron sus luces
cuando triunfaron la perfidia, la astucia, la ambición, cuatro siglos
después, aunque no sin que hubiera realizado su obra grandiosa de dar
vida a una nueva progenie de cuatrocientos millones, cuantos somos hoy.
Y renació en esta misma antigua ciudad de Santa María de los Buenos
Aires con el joven siglo XX para seguir su camino, por obra de
españoles que, precisamente por serlo de veras, se sentían también
argentinos. Y de los numerosos argentinos que les tomaron la palabra,
porque también es necesario sentirse algo español para ser un buen
argentino.
Ven ustedes que no hubo acto de refundación hispánica que
no se realizara primero en esta ciudad porteña, por donde pasaron como
obligadamente los que poseían la voluntad que se requiere tener para
empezar toda obra humana de envergadura, como lo es la Hispanidad
renovada; y que desde aquí se difundiera urbe et orbe. Desde aquí y
bajo este mismo cielo les hablaron al mundo el verbo certero del padre
Vizcarra y el discurso vigoroso del obispo Gomá, y les escribieron la
pluma potente del sabio Ramiro de Maeztu, y la del el intelecto claro y
agudo de García Morente, el escéptico que se hizo religioso cuando se
sumó a la empresa.
Y la resguardaron en España los hombres,
mujeres y niños que donaron con generosidad caudales de sus vidas y de
sus bienes, para derrotar por siempre jamás al Moloc espantoso que
anhelaba ver derramada toda la sangre española.
(El apellido de España es: Hispanidad)
Y ahora sí, el fin. Seré breve (porque ahora puedo serlo).
Sin
que haga falta extenderse sobre el tópico para quien busque
vinculaciones entre el pensamiento falangista y la idea, cada vez más
en alza, de una nueva Hispanidad, puedo permitirme afirmar hoy, aquí,
ante todos ustedes, que esta entidad histórica que trasciende su
función accesoria de partido político y que actúa dentro del sistema,
aunque sin ceder ante él, para difundir por el mundo los principios
liberadores del nacionalsindicalismo –nuestra Falange Española de las
JONS– considera que España es más que un territorio, es más que un
pueblo, es más que un Estado: es la idea de la unidad esencial de todos
los hispanos del mundo. La Falange, hoy lo mismo que ayer y que antes
de ayer, les dice a todos cuantos pueda interesar, que allí donde esté
afincado un hispano, sea peninsular, sea sud o centroamericano, sea
filipino o subsahariano, sea norteamericano o sea chino, cualquiera
fuera su ascendencia y cualquiera el punto geográfico donde su madre lo
dio a luz, allí está viva y vigente como siempre la España eterna, la
España del amor que un día dejó de ser una simple patria europea para
ser una patria universal; la España que permanece invulnerable a los
embates del odio disgregador e inalterable en su prístina constitución
primordial, cuyo nombre de familia se escribe, con las mismas letras
con que se pronuncia: “HISPANIDAD”.
Nada más.
Héctor Osvaldo Pérez Vázquez.
Buenos Aires, 12 de octubre de 2007.
En
el salón auditorio del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas
“Juan Manuel de Rosas”, por invitación de la organización Jóvenes
Revisionistas.