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Argentina: el enfrentamiento gobierno-campo no es lo que parece PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Delegación Exterior de FE de las JONS   
lunes, 07 de julio de 2008
ArgentinEl enfrentamiento de prácticamente todo el pueblo argentino contra su indeseable gobierno, que se quiere reducir a un mero entredicho por razones financieras sectoriales, es mucho más de lo que parece. Se lo exhibe ante el mundo como una rebelión del sector productivo agrario por una cuestión de “retenciones” de carácter impositivo sobre la soja, pero la verdad es que, en lo interno, es mucho más. Se trata de un decidido ataque del gobierno, aliado a los poderes internacionales de la usura, para eliminar a cientos de miles de pequeños y medianos productores agrícolas de la propiedad de sus tierras, a fin de que, convenientemente arruinados, las vendan o alquilen a precio vil a los más de veinte mil conglomerados de siembra –aquí llamados “pools” de siembra–, en una medida concentracionaria previa a que se apoderen del control de la enorme riqueza telúrica argentina dos o tres grandes organizaciones transnacionales.

Los especuladores financieros, después de haber producido y reventado la enorme burbuja financiera hipotecaria norteamericana, están ahora operando en los dos más grandes y sensibles mercados internacionales: el de la energía –con el petróleo como emblema– y el de la comida, con el tema de los cereales y de la carne en primera línea. Como en el mundo hay angustiosa escasez de esos productos, allí están las rémoras parasitarias enquistándose en donde se producen y en donde se comercian, pretendiendo apoderarse del control a nivel mundial.

En ese escenario de ataque a los países productores es que se enmarca el actual problema argentino.

 

I. Las raíces ocultas del conflicto

En la Argentina, el enfrentamiento entre la oligarquía política gobernante y la gente del campo (productores y pobladores tanto de la tierra cuanto de las localidades urbanas situadas en las regiones agrarias y que dependen de esa actividad económica), que aparece formalmente iniciado el 11 de marzo pasado y que se mantiene hasta hoy sin decaer, no es lo que aparenta ni ante el pueblo ni ante el mundo.

La mayoría de la gente piensa que el origen del conflicto fue la firma de la famosa resolución ministerial 215/8, que recarga con mayores y escandalosos gravámenes a la exportación sojera, y que se quiso imponer precisamente en momentos en que se estaba empezando a efectuar la cosecha, cuando muchísimos pequeños y medianos productores tenían ya vendida toda su producción a futuro y a precios previsibles en las anteriores condiciones. Cree el pueblo, en general, que esa medida administrativa no fue sino otra maniobra fiscalista de los Kirchner para “hacer caja”, esto es, para recaudar más fondos a fin de mantener el estilo rumboso de subvenciones y dádivas a los amigos y seguidores alquilados y para la ejecución del proyecto faraónico de un innecesario y costosísimo tren bala.

Pero la verdad es muy otra. Sin perjuicio del afán recaudador, insaciable y avaricioso de los partitócratas democráticos que tiranizan a la Argentina, muchos sabemos que por detrás está funcionando un formidable ataque de los poderes financieros mundiales, mandantes de los Kirchner y sus socios, para apoderarse de la inmensa riqueza telúrica argentina, los cuarenta millones, o más,  de hectáreas fértiles aptas para el pastoreo y la siembra que hacen de este país uno de los mayores productores mundiales de comida. Esta ofensiva no es autónoma, sino que se produce en medio de un gigantesco operativo mundial tendiente a dominar el mercado internacional de los alimentos para crear una nueva “burbuja” especulativa. Es que los oscuros magnates que ya perpetraron la terrible “burbuja” financiera hipotecaria norteamericana, embolsándose ganancias colosales y pasándoles la factura de las fabulosas pérdidas a su propio pueblo y a medio mundo, ahora están actuando en los dos más grandes mercados del planeta: el de la energía y el de la alimentación.

La insoportable carga impositiva de un gravamen escalonado que, para colmo, es inconstitucional, y que entroniza un mecanismo que puede llegar a quitarle a un productor sojero, sumado este impuesto y los demás que se le cargan, hasta ¡un 95% del precio de venta de su producción!, persigue una finalidad transparente: lograr que caigan en la bancarrota cientos de miles de pequeños y medianos agricultores, a fin de que, poco a poco, cuarenta millones de hectáreas o más puedan ser adquiridas por los financistas especuladores a precio vil o alquiladas por monedas a sus arruinados propietarios.

Si la maniobra se ejecuta, la Argentina perderá el último girón de su soberanía. Porque con su formidable existencia de tierras productivas puesto bajo la dirección de los especuladores mafiosos, éstos podrán en adelante decidir desde la Bolsa de Chicago o cualesquiera otras cavernas de la especulación financiera, el nivel de producción del país, la clase de variedades vegetales que se sembrarán, la cantidad de hectáreas que serán utilizadas, el estilo de mantenimiento de las tierras, etcétera, incidiendo sus decisiones enormemente no sólo en la economía nacional, sino también en los mercados mundiales.

Lo que se juega en la Argentina con esta lucha de todo un pueblo contra la oligarquía predadora y parásita que ha tomado por asalto el Estado, no es entonces sólo el futuro de su gente, sino también, además, las necesidades de alimentación de trescientos millones de hombres en el mundo.

 

II. Subproductos del conflicto


El enfrentamiento demuestra la oquedad e inutilidad de las instituciones pergeñadas por el liberalismo

Entre las diversas  consecuencias que se producen a partir de este diferendo, yo quiero traer aquí a dos de ellas por oportunas.

La primera, que el pueblo argentino ha despertado de su largo letargo inducido por el efecto estupidizante que le provocan los medios masivos de comunicación, siempre aliados del poder por cuestión de intereses. Y al despertar, se da cuenta de que unido puede hacer frente a cualquier tiranía. Asimismo, que no era verdad que la pasión partidaria es la que motiva a la gente y la hace participar de la vida pública, sino que son las verdades evidentes y los intereses comunes lo que nos mueven a irrumpir en la vida política.

Y la segunda, que todos se han dado cuenta, finalmente, de que las famosas instituciones democráticas no dan para más, no sirven, en fin, para tutelar ni menos para impulsar el progreso del país. Quizás el sistema le sirva a otros pueblos (de seguro que no a los españoles, tampoco), pero en la Argentina JAMÁS DIO RESULTADO POSITIVO. Dicen los libelares que la Argentina llegó a alcanzar un nivel de progreso muy importante a fines del siglo XIX, y que eso demuestra las bondades del sistema. Olvidan interesadamente que en esa época, el sistema no funcionaba bien, porque reinaba campante el “fraude patriótico” (elecciones fraguadas) y que las grandes riquezas extraídas del campo precisamente, iban enteritas a la bolsa de los ricos y de los políticos, que no se privaban del fasto y la ostentación sin importarles un pimiento de los pobres, mientras el pueblo trabajador vivía en la miseria y moría de tuberculosis.

“Estado rico y pueblo pobre” no significa otra cosa que pueblo pobre y oligarcas ricos, pues son los oligarcas quienes gobiernan ordinariamente los pueblos, no los asalariados. Y cero de industrialización y menos que cero de distribución equitativa del producto nacional.

Y echan la culpa de la “postración de las instituciones” a los golpes de Estado protagonizados por los militares como institución, cuando en realidad los militares eran empujados por los propios liberales demócratas a bajar los gobiernos civiles de signo opuesto para que, pasado un tiempo, le dieran a ellos el poder. Los usaron a los militares argentinos, y éstos como estamento, en buena parte se merecen la persecución que sufren por parte de los oligarcas y el menoscabo de su prestigio por parte del pueblo.

Y ni con todo eso lograron los liberales mantener un sistema coherente de organización social y política.

Nacionalsindicalismo práctico en el campo argentino

Finalmente, surge una constatación que les gustará mucho a los nacionalsindicalistas. La gente del campo y sus aliados los “puebleros” –los habitantes de las poblaciones que están en las regiones rurales y que complementan su economía con la del agro–, se encolumnaron tras los líderes gremiales de las cuatro grandes organizaciones rurales. Éstos, a la multitud de sus seguidores (afiliados y “espontáneos”), en todo momento les consultaron su opinión para cada acto a realizar, fuere un corte de ruta, un levantamiento del acto, u otros asuntos más importantes. Los vídeos de estas consultas populares muestran, “en bruto” pero sin duda alguna, la puesta en práctica de la enseñanza nacionalsindicalista.

Poco importa que los protagonistas no lo sepan, pero su actuación, impecable en orden al respeto irrestricto del parecer de la gente, es sin duda una práctica perfecta del nacionalsindicalismo, aunque fuere espontánea y sin una organización burocrático-jurídica que la indujese. Lo que muestra que el nacionalsindicalismo no es una entelequia surgida de un parecer arbitrario u oportunista, ni de un ideario fascista, como propalan nuestros enemigos y recogen los ignaros, sino la interpretación más pura de los principios cristianos de igualdad y caridad aplicados a las relaciones políticas y sociales. Es el trato del prójimo como amigo y como par, no como competidor, rival o enemigo, que es como se consideran los hombres cuando se encuentran divididos por el egoísmo y la arrogancia de las banderías partidarias.

Informe por Héctor Osvaldo Pérez Vázquez
Delegado de FE de las JONS en Buenos Aires  

Modificado el ( lunes, 07 de julio de 2008 )
 
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